sábado 18 de marzo de 2006

Bote, botellón; Botellón


Molesta mucho el “botellón” a los grandes comunicadores acostumbrados a jibarizar las noticias, a los pescadores de aguas fáciles que se escandalizan por deporte, a los generalizadores habituales para los que la realidad debe ser expresable en una frase, máximo dos, a poder ser cortas.
El gregarismo mental, la pereza intelectual, hacen que muchas veces la reflexión se convierta en superflua y nos sirvan para manejarnos los tópicos más manidos que circulan por ahí, los esquemas que se fabrican, al por mayor, para consumo de opinólogos que gustan de apostar sobre seguro, alejándose de cualquier discrepancia con lo establecido como verdad consensuada.

Nadie parece haber planteado el botellón como una necesidad de sus participantes sino más bien al contrario; Hay vecinos que piensan que miles de jóvenes se juntan para beber debajo de sus ventanas con la única intención de no dejarles dormir a ellos.
Otros, algo menos egocéntricos, dicen que es inaceptable como quedan las calles tras el paso de una “quedada” de jóvenes bebedores. A otros, esto es más entendible, lo que les molesta es no tener veinte años.

Todos coinciden en que el “botellón” es un síntoma de la decadencia de la civilización occidental, una manifestación de la corrupción de los jóvenes, una señal del maligno avisándonos de que el fin de los tiempos se acerca en esta Sodoma y Gomorra en que hemos convertido una España hasta antes de ayer crisol de culturas, vigía de Occidente.
Sin embargo todo apunta a que los jóvenes saben latín; La generación actual es la mejor preparada, la mejor, de la historia de nuestro país. Y si no son tontos, que no lo son, es natural que no se dejen tratar como tales.

Los jóvenes son conscientes de como el espacio público se reduce continuamente en beneficio de los de siempre. Las ciudades se diseñan pensando en los coches, en los centros comerciales, en las necesidades de los organismos oficiales, en el poder del dinero. Los jóvenes saben que ningún urbanista municipal, ningún concejal, piensa en el ocio, en su estricto significado, sino en su contrario, su negación; el negocio.
Los jóvenes, inteligentes la mayoría, son conscientes de que cuando alguien quiere vender agua embotellada lo primero que hace es quitar las fuentes públicas.
Los jóvenes son conscientes de que los ayuntamientos se creen con derecho a pintar una raya en el suelo y cobrar por ello, se creen con derecho a repartir licencias para dividirse la tarta de los menguados ingresos de los veinteañeros, a decidir cuando, como y donde pueden reunirse.
Es fácil culpar a la victima. Victimas si. Victimas de no tener alternativas reales. Victimas de un montaje en el que no participan pero que se permite insultarlos, menospreciarlos. Victimas de una estrategia de desarrollo que se basa en hacer desaparecer lo público para imponer lo privado; Las urbanizaciones con garita y segurata, las macrodiscotecas que cobran diez euros por un botellín de agua, los megaconciertos con entradas inalcanzables, los camellos que distribuyen mierda a precio de oro para financiar vete a saber que, los aparcamientos subterráneos que arrasan plazas y parques, las grúas que construyen hipotecas en vez de espacios de todos, libres, gratis.


Los hosteleros no son todos mafiosos aunque los mafiosos sean casi todos hosteleros.
Son ellos los que más ruido hacen contra el botellón. Prefieren mantener ese rollo tan fascista de los porteros de noche que deciden quien entra o no en el local de moda. Prefieren seguir cortando el agua en los lavabos para que consumas en la barra si tienes sed. Prefieren seguir dando garrafón a precio de etiqueta negra. Prefieren seguir cobrando porcentaje del pastilleo.
Escandaliza que tres mil jóvenes se junten a beber en la calle. Si a esos mismos tres mil jóvenes se les cobra una entrada de lujo en un tugurio infecto todo es normal.
No he oído a nadie opinar que las macrodiscotecas fueran algo nefasto, guarro, salvaje o no se cuantas cosas más. Alguien hacía su agosto, los papas no veían a sus hijos por la calle, todos contentos.
Los jóvenes, por el hecho de ser jóvenes, crean un problema: no están domesticados. Nuestro futuro está en sus manos. Esperemos que no sean tan mezquinos, tan pacatos, tan carcas y tan tontos como sus antecesores que, una vez amaestrados, prefieren pasar por el aro y asentir al coro de la mayoría a señalar con el dedo a quien ha convertido sus vidas en un calvario. Brindemos. Brindemos, con Montalbán, por la caída del régimen.
Que régimen no importa. Salud.

Abel Ortiz

9 comentarios:

Marianne dijo...

Gracias, Abel, por haber sabido expresar con claridad lo que por lo menos pienso yo. NO puede ser que decenas de miles de jóvenes se reunan sólo para emborrachase, me niego a creerlo, aunque las tesis oficiales lo dejan de entender y no van más allà. Y que diran de los centenares de miles de jovenes y menos jovenes que estan apropietándose la calle en Francia. Todos unos borrachines y malhechores o qué?

Abel Ortiz dijo...

Gracias a ti Marianne por el comentario y por tu confianza en los jovenes; se la merecen. O por lo menos se merecen algo mejor que la catarata de insultos de la prensa "seria". Salud.

Anónimo dijo...

En verdad que esto sucede asi, esto del botellón (aunque ahora se le da tremenda publicidad) no es algo nuevo, llevamos mucho tiempo con el vaso de plastico en la mano porque beber en cristal significa pues eso, bolsillos vacíos y el cerdeo de los parkings en las macrodiscotecas que nunca permiten conversaciones y el trato social que tanta falta hace. Llevaba tiempo pensando en la muerte de la masa, de la voz rebelde, pero los jóvenes despiertan y parecen querer tratarse mediante la sociabilidad y no a cabezazos y diseño narcótico que nos venden como único producto de fin de semana. Aún hay quien saca la goma ante el ofrecimiento de un cubata. ¿Quién es el animal? ¿Quién deshumaniza?

Salud
Joselito.

Abel Ortiz dijo...

Diga usted que si, Joselito. Ya está bien de despotricar siempre contra los mismos sin ofrecer nada a cambio. Como dice Trombón cuando se pone argentino: Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas.(lo cantaba Atahualpa Yupanqui no se si era escrito por él. Salud.

werte dijo...

Sí, es de Yupanqui.
No quiero ni pensar en los vinos que me he tomado en la vereda porque me agarra un coma alcohólico.

illooo!! dijo...

por primera vez no estoy de acuerdo contigo, abel. yo también he hecho botellón (tampoco lo llamabamos así, no había que ponerle nombre ni sentido) no hace mucho. no soy cuarenton, soy veinteañero (que mal me suena) y anarquista desde que era "dieciañero", asi que no soy un reaccionario que intenta hacer apología de la coacción. pero los niñatos que se apuntan a hacer un macrobotellon de cuarenta mil personas para hacer el payaso son los mismos que cuando buscas apoyos o animas a la gente para luchar contra un sistema de mierda te dicen "no me agobies, tronco" o que aplauden cuando a un verdadero transgresor le apalean, torturan y encarcelan durante años.
esa gente son gilipollas e indefendibles; se merecen esta mierda de sociedad y todos los comas etilicos que les quepan por ser unos automatas conscientes de lo que son y por mirar para otro lado cuando las injusticias les rozan a diario o directamente les golpean la boca del estómago, ese estómago reventado de whiski-cola barato comprado con el dinero malganado por sus padres día a día.

Abel Ortiz dijo...

Estoy con Haro cuando hablaba de la ley del 10 por ciento. La televisión puede ser muy mala pero hay un diez por ciento que puede estar bien. Lo mismo pasa con todo; cine, libros, gente, conciertos u organizaciones.
Es posible que tengas razón y haya mucha peña en el botellón que son como tu dices "gilipollas indefendibles". Tambien es posible que haya un diez por ciento de gente muy válida a la que no conviene enterrar antes de tiempo.
De todas maneras yo no defendía en el artículo el botellón como fiesta alcohólica sino como recuperación del espacio público, al margen de que se beba o no.
Son evidentes las mafias del ocio/negocio, las escasas posibilidades de relación sin pagar un tributo, ya sea en un bar, en una disco o en algún espectáculo. Puede que tengas razón, claro. O que seas más pesimista que yo...en todo caso; Salud.

Anónimo dijo...

A ver, a estas alturas está claro que hay de todo en todo, no todos (ni mucho menos) de los que regentan estas quedadas tienen el cerebro o una conducta social inerte, no todos los que van a un partido de fútbol son descerebrados violentos, no todos los que pisan una biblioteca gustan de la lectura. Creer esa generalización (en este caso suponer una mayoría) es caer en la ineptidud de la prensa engangrenada, es caer en "ir a un concierto de rock es drogarse e ir a la ópera es disfrutar de la música". Perdonad mi optimismo cuando más que la recuperación del espacio público (estas reuniones vienen de largo, lo que antes era en espacios diversos y ahora se concentra en un mismo lugar) creo que es una forma acertada o no de popularización de trato humano, a esa intención le doy la mayor importancia. El mayor error de todo esto es convertirlo en una moda y olvidar realmente por qué necesitamos contar chistes a alguien que se acaba de conocer ya sea con cubata o con agua mineral sin gas.
Salud.
La Huerta.

Marianne dijo...

En toda esta discusión se olvida por completo pensar de dónde vienen estos jóvenes. Qué les ofrecemos nosotros los viejos que deberíamos serles una referencia sino miedos de toda clase: miedo por el trabajo precario, miedo de no poder pagar los múltiples créditos que nos tienen atrapados, miedo del pasado, del presente y del futuro... Y de tanto agobio y miedo hemos olvidado escucharlos. Hablamos por hablar, cada uno con su discurso. Y no se escucha a nadie. Y cuando los jóvenes hacen preguntas incómodas los reenviamos a la tele: calla y no me empreñes, tengo muchos problemas. Entonces sí, se van y se agarran a cualquier clavo, aunque estuviera ardiendo